Corazonadas para un encuentro (Tercera parte)


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30 Apr
30Apr

Me quedé sola sin saber para donde moverme, no sabía donde estaban mis amigos, no conocía el lugar. Pero tenia que caminar hacia algún lado y encontrarlos. Y estaban bastante cerca, yo era la que estaba lejos, lo que en mi propia mente. Esta mente que no se quería despegar de la última escena:

- Casco, dale que te estamos esperando - Dijo quien supuse era la novia de Jorge. Ella no se veía molesta, pero de seguro había venido a curiosear quien era esa extraña que había aparecido de repente y a quien su novio le estaba dando tanta conversación. Luego se volvió hacia mi y me dijo: - ¡Hola!

No recuerdo si ella le comentó algo más, pero lo que no se me olvida fue la mirada seria de él, y su "diles que ya voy" como respuesta.  Creo que ella entendió demasiado bien y dio unos pasos adelante suponiendo que él la iba a seguir. Y así lo hizo pero él se tomó su tiempo mientras ella se alejaba, para despedirse de mi:

-Tengo que dejarte, pero tenemos que seguir hablando en algún momento.

Me dio un beso y se fue.

Cuando encontré a mis amigos estaba tan feliz de haber vuelto a ver al Casco, que hasta tenia ganas de darle las gracias a Tania y a Fito por la invitación, incluso hasta al novio de Tania, quien no había podido ir al campismo por cuestiones de trabajo y yo estaba allí ocupando el lugar de él. "Que suerte que tuvo que trabajar", pensé. Entonces me propuse disfrutar de aquel corto fin de semana con ellos. Eso sí, de vez en cuando, entre las risas, la música, los chistes y los cuentos, me desconectaba de sus temas de conversación  para mirar dentro de mi,  buscando quizás otra corazonada.

- Conocí a la novia - Le dije a Adianet sentada en unos escalones a la entrada de la cabaña. Y se hizo un silencio. Silencio que yo misma rompí cuando intenté explicarle que de todas maneras había sido bueno volver a  verlo.

La verdad era que lo que yo quería era hablar de él y de nuestra efímera e infantil historia tantos años atrás.  Pero había que cambiar el tema sobre todo porque era la hora de comer. Después nos iríamos a la pista de baile, y en mi caso no porque quisiera bailar, sino porque era como lo que "tocaba hacer" por las noches en los campismos cubanos. Allí fue donde me enteré que la Lambada brasileña estaba de moda, por la cantidad de veces que la repitieron y la cantidad de parejas que salían a demostrar sus habilidades con el nuevo ritmo. Allí me encontré con varios amigos de antaño que subían de La India o de Puerto Escondido a La Terraza. Y a pesar de que los encuentros siempre son buenos y que la noche parecía entretenida, yo buscaba por todos lados la mirada que quizás no debía buscar. Y creo que hasta mi vecino se dio cuenta.

-Que no quiero bailar- le dije por segunda vez y me fui con Adianet a tomar agua. 

Alguien estaba fumando cerca del bebedero y si hay algo que nunca he podido tolerar es el olor del humo de cigarro, así que traté de abrirme paso entre la gente para salir de allí y de repente él, el Casco, que estaba entre el tumulto, miró a Adianet, y le dijo lo más inesperado que pude oír en toda la noche:

 -Cuidame a tu amiga, sácala de aquí para que no le haga daño tanto humo. 

Me miró con una sonrisa que confieso me asustó y se alejó a donde estaban su novia y sus amigos.

-¿Pero tu oiste lo que dijo?- Le dije a Adianet. Ella me miró con sus ojos demasiado abiertos y ambas nos dimos cuenta (hablando en buen cubano) que me estaba metiendo en candela.

-¿Que va a pasar aquí? Me preguntaba a mi misma una y otra vez, porque no fueron uno ni dos los momentos en que nuestras miradas se cruzaron desde lejos. El ambiente era alegre para muchos pero para mi se estaba tornando triste, comenzaron a sonar las canciones románticas de la época y todas las parejas salieron a bailar. El no. El se mantuvo horas de pie recostado a la pared de una cabina y ella delante de él, como si estuvieran discutiendo o al menos hablando de algún tema muy aburrido. Cuando digo horas, no estoy exagerando, la noche fue muy larga. Hubo un momento en el que empecé a sentirme mal, sabia que algo no estaba bien ni de su parte ni de la mía. Así que cuando alguien en mi grupo tuvo la brillante idea de irnos a la India, fui la primera en decir: nos vamos. 

Siempre me ha gustado caminar, me encanta el senderismo y todo lo que me haga gastar energías, pero la verdad era que bajar los cientos de escalones inclinados y de piedra de La Terraza a la India como a las 12 de la noche, no era nada divertido, y mas que después teníamos que subirlos al regreso. Pero lo hice para alejarme de él. 

Repetimos la excursión por la mañana después del desayuno y pasamos un buen rato en la piscina de La India. Regresamos para el almuerzo y el reloj comenzó a avanzar tan cruelmente que me di cuenta de que quedaban muy pocas horas en aquel bendito lugar tan alejado de La Habana y que quizás no volvería a ver más al Casco.

Y de nuevo me sorprendió otra corazonada mientras guardaba mi ropa de baño en mi bolso un par de horas antes de irnos. Confieso que fue una corazonada demasiado atrevida, pero el impulso era más fuerte que yo y en lugar de guardar mi ropa de baño en el bolso me la volví a poner y salí de la cabaña.

- ¿A donde vas?- Me dijo Adianet

-  A la piscina. 

- Pero si en un rato nos vamos. ¿Te vas a bañar? ¿Quieres que vaya contigo?

-No. Quiero ir sola - le contesté.

Cuento esta historia hoy en 2020 y no puedo creer que esa haya sido yo a mis casi 20 años. Pero la verdad es que en una época donde no existía Facebook, no me quedaban muchas probabilidades de saber qué más podía suceder, si no me atrevía en ese momento. 

Caminé entre gentes que no conocía para llegar a la piscina, incluso debí haber pasado muy cerca de él porque sentí el sonido de una guitarra y las voces de quienes me parecía que eran sus amigos, porque la noche anterior también los había escuchado cantar. Mientras caminaba yo no tenia otro plan que sentarme en el borde de la piscina. Y me senté muy tranquila con mis pies hacia adentro jugando con el agua pacientemente, como esperando algo que mi corazón me decía que podría pasar. Y aunque el sol era fuerte y sabia que no iba a llover, todavía presentía que igual que en 1983, alguien podría llegar nadando hasta mi lugar.

Y de nuevo  la corazonada no estuvo lejos de la verdad. Solo que quien llegó nadando y hasta me asustó cuando salió del agua justo frente a mi, fue su mejor amigo, Fleites, a quien nunca antes había conocido. Pero se presentó en nombre del Casco y no me costó trabajo entender que había venido con una misión muy especifica: averiguar mi teléfono. Ahora recuerdo la conversación con Fleites y me río sola. Ambos estábamos actuando a la vez, yo haciéndome la desentendida, la extrañada de que su amigo quisiera mi número y él inventando razones para que yo entendiera por qué no era el Casco quien estaba allí en ese momento, en lugar de él.  

Y si te estás preguntando si le di mi número, que por cierto no era mío, sino de una vecina, sí, se lo dí. No era el momento para cuestionarme si dárselo era correcto o no, era una cuestión del corazón sencillamente, y a ése fue a quien hice caso. 

Fleites se fue nadando por donde mismo había llegado y yo sabia que tenia que apurarme como todos en la piscina porque las guaguas estaban al salir. Corrí hacia la cabaña para cambiarme y buscar mis cosas. Y cuando íbamos de camino hacia el lugar donde estaban las guaguas no pude contenerme y le dije a Adianet: 

-No me preguntes cómo, pero ya tiene mi número de teléfono.

El camino de regreso a la ciudad fue diferente, iba como en las nubes, pensando en lo que pasaría después. Me imaginaba llegar a la universidad a la mañana siguiente con una historia que contar a mis amigas. ¡Y que historia! 

Pensé también que si El casco y yo nos volvíamos a ver él tendría que haber tomado primero una decisión. Pero, ¿Lo haría? ¿Dejaría a su novia por mi? ¿Cuanto tiempo llevarían de relación? Según Adianet, era una relación muy reciente, pero igual no se sentía muy bonito pensar en esas cosas. "¿Como puedes ser tan cruel?¨- me preguntaba a mi misma - "No te gustaría que te lo hicieran a ti".

No obstante el sentido de culpa me duraba poco y se alternaba con otros pensamientos durante el viaje. ¿Estaría  yo dispuesta a iniciar una nueva relación en un momento en el que había decidido estar sola mientras no llegara la persona correcta? 

Cuando el elevador paró en el piso 14 de nuestro edificio me despedí de Fito, y  cuando por fin llegué a mi cuarto, miré hacia el cielo oscuro a través de la ventana. Entonces hablé con un Dios al que todavía yo no conocía. Le pregunté si Jorge era esa persona correcta para mi.  Incluso eché la culpa al Dios desconocido de todo lo que había sucedido en tan solo una semana, porque para mi, solo una mente superior podía habernos puesto de nuevo en el mismo camino de esa manera.

Casi dormida sentí la corazonada de que todo esto había sido simplemente el preámbulo del encuentro y que aún faltaban cosas por suceder. 

Y camino a la Universidad el lunes en la mañana, me atacó de repente la duda de si Fleites se había aprendido bien el número de teléfono.


Continuará

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