Corazonadas para un encuentro (Cuarta parte y Final)


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02 May
02May

Era el mediodía del martes y cuando sonó el timbre que daba por concluido el último turno de clases, Lissette, Raiza, Diana y Carina cogieron su rumbo y yo seguí el mío hacia mi clase de aeróbicos en el Abrantes. Ellas, muy emocionadas, habían estado a la expectativa de la famosa llamada que se suponía yo iba a recibir y que hasta ahora no había sido. Opté por estar tranquila y no interrumpir por nada mis rutinas diarias, aunque confieso que cuando estaba en el apartamento y escuchaba sonar el teléfono de la vecina, me paralizaba creyendo que la llamada sería para mi.

Pero ese martes, cuando entré por una de las puertas principales del estadio mi sorpresa fue tan grande que no podía creer que una de las dos muchachas que venían caminando en dirección contraria a la mía y usando el uniforme de estudiante de medicina, era nada más y nada menos que Adianet. Los primeros años de la carrera de Medicina no se cursaban en la Universidad de la Habana, donde yo estaba, sino en un lugar distante cerca de Marianao que para no variar, al igual que las guaguas incómodas se llamaba "Girón". Esa era la razón por la que yo no había vuelto a ver a Adianet hasta el fin de semana anterior en  La Terraza. Y ahora, solo dos días después nos volvimos a encontrar. Esto explica el por qué de mi sorpresa.

-Pero muchacha ¿Que tú haces aquí?- le dije emocionada

-Es que esta noche es la inauguración de los juegos Galenos y va a ser aquí. Tuvimos que venir a un ensayo. 

No me acuerdo de qué era el ensayo, porque ella al momento interrumpió la conversación para preguntarme si el Casco me había llamado y notó la decepción en mi mirada. Era obvio que no.

-Bueno pero si vienes esta noche lo verás. Acuérdate que él es del equipo de basquet. 

Me quedé sin palabras y apenas me pude concentrar en mi clase de aeróbicos pensando si debía regresar en la noche. La verdad era que el Abrantes estaba a solo unas cuadras de donde vivía y caminar hasta allí no era un problema. El problema era que no estaba segura de hacerlo. ¡Que loca se había vuelto mi vida en una semana y media!

Me levanté de la cama y apagué la grabadora. Si, dije grabadora, de esas de cassettes que hoy son objetos extraños para las nuevas generaciones. La apagué y sin pensarlo me vestí y cuando sentí que iba a arrepentirme ya había bajado los 14 pisos en el elevador y había caminado más de una cuadra hacia el Abrantes. Y seguí.

Pensé pasar desapercibida y simplemente sentarme a ver las presentaciones deportivas de la inauguración de los Galenos sin que nadie me reconociera y ver al Casco de lejos, sin que él me viera a mi. Pero cuando llegué el gentío era tan grande que no había espacio apenas para caminar entre los asientos de las gradas. Era prácticamente imposible encontrarlo. La música era para mi gusto desesperante, no entendía la necesidad de aquel volumen tan elevado. Y la gente añadía cada vez más bulla en medio de aquella conglomeración. Vi algunas presentaciones y cuando decidí escaparme por una puerta trasera me encontré atravesando nada más y nada menos que entre un grupo de amigos, que me sonó familiar. Y Fleites, que estaba entre ellos, me reconoció. 

Los recuerdos que tengo de Fleites son lindos. Una persona agradable, risueña, conversadora y amiga. Me bastó conocerle solo unos minutos días atrás para darme cuenta de que El Casco tenía un buen amigo.  Esa noche me preguntó si me iba y cuando le dije que no podía soportar tanta bulla, salió conmigo hasta las afueras del Abrantes y allí me dijo con tanta naturalidad:

- ¡Ay si el Casco hubiera sabido que tú estabas aquí, hubiera venido! Pero es que está en medio de una mudanza, su familia acaba de mudarse y está complicado. 

-¿Por eso no me ha llamado? - le dije con mirada desconfiada, porque aunque Fleites me caía muy bien, yo no sabia si estaba inventando lo de la mudanza en favor de su amigo.

Pero Fleites se empezó a reír. Y yo me quedé observándolo sin entender el motivo de la risa.

-Es que lo tengo chantageado porque me debe algo. Así que le estoy dando un número por día. 

No me hizo mucha gracia el chiste, pero tengo que reconocer que Fleites era muy original. Así que de los 6 números que tenían los teléfonos habaneros,  el Casco conocía del mío, si acaso los tres primeros.

No me quedó otra que sonreír también y de esa forma me despedí de él. De regreso a mi casa iba pensando en cada detalle de la conversación y eso de que "si él hubiera sabido que tú estarías aquí, hubiera venido" me llegó bien adentro, a  pesar de que no quería ilusionarme. 

El miércoles en la noche, mi vecina abrió su puerta y gritó mi nombre. Literalmente me congelé. Y cuando crucé el pasillo hacia su apartamento y agarré el auricular y dije "hola", mi voz tembló sin remedio. Pero ¡qué decepción cuando la voz que escuché del otro lado no era la que estaba esperando! Otra vez era Fleites, y entonces comencé a cansarme de lo mismo. 

Me dijo muchas cosas que ahora me causan risa. Que estaban en el Abrantes, que el juego de basquet había comenzado y que el equipo de ellos estaba perdiendo y que  "por favor si pudieras venir, el Casco se animaría mucho al verte en el público". Fleites no jugaba en el equipo, solo estaba en la comisión de apoyo, así que prometió esperarme en la puerta del Abrantes. Cuando llegué me senté con él manteniendo un poco la distancia del resto del grupo. Eran los mismos que habían estado en el campismo, pero no tenia tiempo para detallarlos. Solo quería volver a ver al famoso jugador de basquet de La Lenin, quien quizás por no tener la estatura habitual de un basquetbolista, llamaba aún más la atención por su técnica. 

Nos saludamos desde lejos y traté de concentrarme en el juego sin perder ni una sola de sus jugadas, a pesar de que Fleites no dejaba de darme conversación y a pesar de la interrupción de la mismísima novia del Casco que llegó para "saludarnos". Yo se que el saludo era un nuevo pretexto para seguir satisfaciendo su curiosidad de saber quien era yo. Y como quien no quiere las cosas recordó a Fleites que al finalizar el juego se irían todos a celebrar algo que no alcanzo a recordar ahora. Y hasta se atrevió a decirle a Fleites que me invitara. Fleites no respondió ni yo tampoco. Miré al Casco por última vez desde las gradas, me levanté y le dije un poco seria a su amigo:

- Espero que ganen - Y me fui.

Fleites salió detrás de mi hasta la puerta principal del estadio y quería acompañarme a mi casa. Le di las gracias pero no acepté. Estaba un poco molesta. Le dije que no me llamara más para algo así. Y que esperaba que para el día que terminara de darle los números de mi teléfono a Jorge, ya él tuviera claro lo que realmente quería.

Me fui caminando con una convicción que no podía explicar. Sabia que podría pasar una de estas dos cosas: o no me llamaría y no lo volvería a ver probablemente nunca más o me llamaría y tendríamos la oportunidad de comenzar algo muy hermoso. Estaba decidida aun a que si pasaba lo primero no debía sufrir, porque a fin de cuentas yo estaba esperando por alguien especial y lo que menos quería era perder mi tiempo.

No se que impresión de mi se habría llevado Fleites esa noche, pero algo pasó que al día siguiente ya el Casco tenia todos los números del teléfono de mi vecina.

Y me llamó. Y nos dimos cita en la famosa escalinata de la Universidad de La Habana, unas horas antes de su segundo partido en el Abrantes. Recuerdo que nos sentamos justo en los escalones cercanos a la Facultad de Farmacia, donde yo estudiaba y por ahí empezó la conversación, la misma que nos había sido interrumpida hacia unos días atrás en La Terraza. Queríamos hablar de tantas cosas. Era como querer contarnos todo lo que nos había sucedido en siete años y ambos sabíamos que dos horas no iban a ser suficientes.  Fue una conversación demasiado agradable. Y mientras más hablábamos más increíble me parecía que existiera alguien como él. 

Cuando se estaba acercando la hora del partido, hubo un silencio y él preguntó con pena si yo quería ir. Le dije que no. Y él sabía el por qué de mi respuesta. Me miró fijo a los ojos y me dijo:

- Dame solo unos dias para resolver algo. El fin de semana te llamo para volvernos a ver. 

Aunque no lo mencionamos, los dos sabíamos de lo que se trataba. Y nos despedimos con un beso simple de amigos y por supuesto acompañado de dos cómplices sonrisas.

Los días se hicieron un poco más largos de lo normal tratando de no estar al pendiente del sonido del teléfono.  El domingo en la mañana fui con mi papá a visitar a mi abuela que estaba ingresada por una infección. Cuando llegué de la clínica, en la puerta estaba mi vecina para decirme que un tal Jorge me había llamado y que volvería a llamar. 

Creo recordar hasta la ropa que me puse ese día y toda mi ilusión. Y otra vez nos vimos en la escalinata universitaria y caminamos por las calles más céntricas del Vedado y por una buena parte del Malecón. Por fin éramos libres y no había nada que nos impidiera retomar las cosas en el punto en que las habíamos dejado cuando éramos todavía unos niños. Por eso hubo un momento en que le pregunté qué había pasado después del día de la piscina y del siguiente cuando me fue a buscar a mi aula, en 1983. Y se acordaba perfectamente. 

- Ese domingo llegué del pase un poco tarde y cuando iba para la 1 a verte, Roque mi amigo, me llamó y me dijo que te había visto con alguien. Luego me confirmaron que tenias novio.

O sea que lo que no fue pudo haber sido, si a mi no se me hubiera ocurrido elegir a Armando aquella tarde - pensé para mis adentros mientras se me perdía la vista en el faro que iluminaba desde lejos la noche del malecón habanero.

Caminamos por La Rampa para regresar a mi casa, pues ya se estaba haciendo tarde. Jorge se detuvo de repente y me preguntó si yo conocía el significado de los tulipanes rojos. Yo no tenía idea. Entonces me dijo que hubiera querido tener uno en ese instante porque entregarlo a la persona que querías significaba una declaración de amor. No habían tulipanes en Cuba pero para mi no hacía falta nada más que un beso en ese momento perfecto.

Luego vinieron dias realmente bellos, acompañados de Bachata Rosa y de Nada Sin ti. Días de salir de la facultad y encontrar un corazón dibujado en el asfalto con un "Giselle te amo" en el centro, o de recibir un telegrama diciendo un "te extraño" cuando la noche anterior habíamos estado hablando hasta las dos de la madrugada. Temporadas de trabajos en el campo, "obligatoriamente voluntarios", en la que fui una más entre aquel grupo de estudiantes de medicina que llegaron a ser también mis amigos. Tardes y noches viajando él desde Marianao en bicicleta y en pleno Periodo Especial, solo para pasar tiempo conmigo. Días simplemente mágicos que alguien desde el cielo decidió regalarnos. 

A veces pienso como hubiera sido nuestra historia en los días de hoy. Probablemente no hubiéramos tenido que esperar siete años para volvernos a ver porque la era digital hubiera facilitado el encuentro. Quizás hasta el tulipán rojo no hubiera sido imaginario sino real y cientos de email hubieran sustituido a aquellos sobres que llegaban por correo normal y se llamaban telegramas. Pero no le cambiaría nada a nuestra historia, porque fue la nuestra. Unica. irrepetible. Mágica.

Poco tiempo después comenzamos una nueva vida, en la que le dimos a Dios el lugar más importante. Fue entonces cuando pude entender que aquellas corazonadas y aún más nuestro encuentro, fueron parte de un regalo divino llamado gracia preveniente.



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Corazonadas para un encuentro (Primera Parte)

Corazonadas para un Encuentro (Segunda Parte)

Corazonadas para un Encuentro (Tercera Parte)


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