Corazonadas para un encuentro (Segunda parte)


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28 Apr
28Apr

1990. Una semana después

Yo vivía en el piso 14 de un edificio de 20 plantas en la calle San Rafael en Centro Habana. Una tarde de la semana siguiente a la historia previa que les conté, Fito, mi vecino, quien había estudiado conmigo en el preuniversitario Saúl Delgado, tocó la puerta del apartamento donde vivía para darme un recado. Tania, una amiga en común de los tiempos del pre, le había dicho que me invitara a una acampada que habría el fin de semana en La Terraza, una base de campismo que quedaba cerca de Puerto Escondido y que hasta donde se, ya no existe. Mi primera expresión en respuesta a Fito fue muy parecida a un "no". Pero sentí a mi voz interna hablar a la misma vez que Fito: - ¿Y por qué no?  

A fin de cuentas mi vida era todo estudio y ejercicios, nada de salidas, nada de diversión. Pero además Olaf, (que es el verdadero nombre de Fito) me convenció cuando me dijo que nos encontraríamos allí no solo con Tania sino con otros amigos del Pre que hacia dos años, al menos yo, no veía. Le dije que si, pero cuando él se marchó y yo cerré la puerta comencé a dudar. Sin embargo, lo mejor fue que no hice mucho caso de mis indecisiones y me fui a hacer otras cosas. Y así pasaron dos días en los que por momentos, con tanto estudio, se me olvidaba que había prometido a Fito y a Tania ir a ese campismo. 

No lo van a creer pero cuando Olaf volvió a tocar mi puerta el sábado al mediodía para recogerme, yo no tenia nada preparado y solo por pena, le pedí que me esperara y en un pequeño y ligero bolso eché lo poco que se me ocurrió, porque además estaríamos allá la tarde y la noche del sábado y regresaríamos el domingo al atardecer. No hacían falta muchas cosas.  Atravesamos las calles que acercaban nuestro barrio en Centro Habana al del Vedado, donde Tania vivía. La recogimos y fue agradable para mi volverla a ver. Conversamos en el camino hacia Línea y D, donde había una Iglesia Católica con un parque delante. Allí nos recogerían las guaguas (las incómodas Girón) para llevarnos a La Terraza. 

La vida cambia tanto cuando uno sale del pre, que en los dos años que llevaba en la Universidad de La Habana se me había olvidado que Tania estaba estudiando medicina. Cuando llegamos al parque me emocionó mucho volver a ver a otros más del grupo, entre ellos a Adianet, una buena amiga que llevaba un buen tiempo sin ver y que para no variar,  también estaba estudiando medicina. Había una concentración grande de jóvenes en aquel parque y fue allí cuando se me ocurrió preguntar de qué se trataba aquello y fue cuando Tania me dijo que era la acampada provincial para los estudiantes de medicina, pero yo en mi despiste ni me había dado cuenta. 

Como tampoco me di cuenta que alguien me estaba observando sin yo saberlo. 

Y así en esa inocencia subí a la Girón con Adianet a mi lado y con el plan de ponernos al día en el camino. No había rodado casi nada la guagua, ni tan siquiera habíamos salido del Vedado,  cuando escuchando a Adianet hablar de su carrera y de su nueva vida, algo en la mente me llevó de repente a la semana anterior en la casa de Carina. Entonces, sin pensarlo dos veces le hice a Adianet la misma pregunta que días atrás le había hecho a Raiza:

- ¿Has conocido en tu carrera a un muchacho que le dicen el Casco?

Y fue increíble escuchar otra vez la misma pregunta como respuesta:

-¿Un trigueño bajito que juega basquet?

-Bueno no se si todavía juega basquet, solo se,  y desde hace muy poco por cierto,  que estudia medicina y que vive en Marianao. 

Adianet se volteó hacia mi y me dijo casi interrumpiéndome: -¿Pero tú no lo viste? 

- ¿Que si lo vi? ¿En donde?

- En el parque. Si estamos hablando de la misma persona, te digo que él estaba allí. Hasta pasó delante de nosotras. 

- ¿De verdad?

- Si, de verdad. Seguro subió a otra guagua. Vamos todos para el mismo campismo.

Creo que mi corazón se desajustó bastante al escuchar aquello. Me puse tan nerviosa y no entendía el  por qué de mi exagerado nerviosismo. A la misma vez no podía creer que la extraña corazonada de la semana anterior estuviera a punto de ser una realidad. ¡Siete años! En siete años casi se me había perdido la imagen del Casco y me preocupó no identificarlo entre el tumulto cuando llegáramos a La Terraza.

- Cuéntame más - le dije

- No es de mis allegados, él tiene su propio grupo de amigos. Está en el equipo de basquet. Lo que si te tengo que decir es que... creo que tiene novia. 

Noté en la expresión de su rostro algo así como un "lo siento", y eso que ella no conocía la pequeña historia de 1983. Pero me conocía a mi, y algo de decepción probablemente vio dibujada en mi cara.

- Bueno -le dije a Adianet después de tragar en seco-  a mi lo que me preocupa es que pase cerca de mi y  no lo pueda reconocer. Han pasado siete años desde la última vez que lo vi.

La verdad es que estaba tratando de ocultar lo mal que me había caído su último comentario. Entonces hice todo lo posible para cambiar de tema aunque mientras le contaba a mi amiga sobre mi, en mi mente habían otras preguntas, ¿Cual era el verdadero nombre del Casco? ¿Alguna vez lo supe y se me habría olvidado? Y no quise preguntarle a Adianet. Ya me había dicho que él no era allegado a ella y que todos lo conocían por El Casco, además se vería muy mal mi insistencia. 

Cuando nos bajamos de la guagua solo dimos unos pasos y me detuve junto con mi amiga a esperar a que nos llamaran Fito, Tania y los demás, cuando les entregaran las llaves de la cabaña en la que nos quedaríamos. El día estaba sencillamente precioso, aunque yo estaba un poco desubicada en medio de un ambiente del cual no me sentía parte. En ese momento tratando de calmarme y no parecer nerviosa le dije a Adianet:

- Por favor, si lo ves... al Casco... me lo enseñas aunque sea de lejos.

Y entonces surgió la mejor escena de mi película cuando Adianet bajó la voz y casi sin mover los labios me dijo:

-Es que... no puedo hablar... viene para acá.  

Adianet abrió los ojos como queriendo decirme que él estaba detrás de mi. Me quedé sin respirar cuando sentí una mano sobre mi hombro. No sabia como voltearme, tenia miedo de mi expresión. Y no me volteé, me quedé inmóvil, fue él quien sin quitarme la mano del hombro y en cuestiones de segundos (aunque yo le pondría aquí una cámara lenta) se paró delante de mi y me dijo:

-¿Tú eres Giselle? ¿verdad? 

Entonces mientras asentí sin palabras me volví a tropezar con aquella linda sonrisa que se me había despintado con los años. Y quise buscar la mirada de Adianet pero ya no estaba, se había ido.  Ahora solo tenia frente a mi al famoso Casco y aunque a lo mejor habían miles de personas alrededor, para mi solo estaba él.

- Te vi en el parque de Linea y D y me dije " tiene que ser ella".

Yo sonreí. Era imposible ocultar que me agradaron sus palabras.

- ¡Es que no has cambiado nada! ¡Estás igualita! Luego te me perdiste, pero supuse que venias para acá en otra de las guaguas.

Y yo por dentro me decía: "¡Si tú supieras! Nunca te vas a enterar que en esa otra guagua yo venia pensando en ti".  Pero lo que atiné a decir de repente me sorprendió a mi misma

- ¿Tu nombre es Jorge verdad?  Y mientras él asentía yo no podía creer de que parte de mi cerebro había salido la información de su nombre, si media hora antes yo no me acordaba. 

- Pero te siguen diciendo Casco ¿no? - le pregunté como si no lo supiera y tratando de dejar a un lado los pensamientos de mi cabeza que querían seguir buscando detalles del pasado. Pero era en vano, porque a esa hora hasta la historia de su sobrenombre pasó clarita por mi mente. Tuvo que ver con un pelado tipo militar que le obligaron a hacerse en séptimo grado y a alguien se le ocurrió decir que parecía un casco. Lo que si me parecía increíble que todavía mantuviera ese apodo.

 Y mientras yo lidiaba con mis pensamientos,  él no perdía  tiempo:

- ¿Y qué ha sido de tu vida? En estos años me lo he preguntado pero no tenia a quien preguntarle por ti.

¿Cómo? ¿Pero qué me estaba diciendo? ¿Que había pensado en mi? Este muchacho se las estaba arreglando muy bien para maravillarme desde el primer momento. Y sus preguntas, una detrás de otra me dejaban la sensación de estar viviendo el encuentro perfecto: ¿Dónde vives? ¿Qué estás estudiando? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Con quienes viniste?

Cada respuesta mía apenas daba espacio a su siguiente pregunta, parecía como si él quería ganar tiempo por si alguien interrumpía la conversación.

Y si,  alguien nos interrumpió, y fue su novia.


Continuará.


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