Giselle Galban Carreras
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30 Jun
30Jun

En abril de 2026 regresamos una vez más a España, un país que desde nuestra primera visita nos robó el corazón y al que siempre soñamos volver. Después de haber conocido Madrid y algunas ciudades cercanas, un poco de Galicia y Tenerife en nuestro primer viaje, Andalucía en el segundo y el norte de España en el tercero, este año quisimos descubrir otros lugares maravillosos de la Madre Patria: Cataluña, Valencia y Alicante. Durante 15 días recorrimos ciudades llenas de historia, pueblos con encanto, calas preciosas, mercados, plazas, miradores, playas mediterráneas y rincones que parecían sacados de una postal. Fue un viaje muy diferente al del norte, con otro clima, otros paisajes y otra energía, pero con esa misma mezcla de belleza, cultura, comida deliciosa y momentos inolvidables que siempre encontramos en España.

En este blog quiero compartir nuestro itinerario día por día, tal como lo vivimos nosotros, con las ciudades donde nos hospedamos, las rutas que hicimos, los lugares que más nos gustaron, algunos consejos prácticos y también esas pequeñas experiencias personales que hacen que cada viaje sea único.

Si estás pensando organizar una ruta por Barcelona, Costa Brava, Valencia y Alicante, espero que este itinerario pueda servirte de inspiración para planificar tu propio viaje.

DÍA 1

Llegamos a El Prat, el aeropuerto de Barcelona, sobre las 8:00 de la mañana. Tomamos un taxi y, al igual que en viajes anteriores, otro taxista nos dio la bienvenida a la ciudad. Durante el trayecto hacia el hotel nos fue explicando todo lo que veíamos en el camino, además de hacernos muchas preguntas sobre Estados Unidos, algo a lo que ya estamos acostumbrados.

Nos hospedamos en el HCC Regente, en la zona del Eixample, específicamente en la Rambla de Cataluña, que no es lo mismo que Las Ramblas, por si te surge la duda, como nos pasó a nosotros en su momento. Es una zona buenísima para hospedarse, a diferencia de la segunda mencionada.

Comenzamos nuestro recorrido en la Plaza Cataluña, que fue el punto de encuentro del primer free tour de nuestro viaje. Lo seleccionamos a través de Civitatis y nos permitió conocer calles, plazas y monumentos imprescindibles de la Ciudad Condal.  La ciudad se abrió ante nosotros como un libro antiguo y luminoso, y la voz de nuestro guía, mezclada con las voces que salían de las calles, más la imponencia de la arquitectura y los monumentos, nos hicieron saber que nuestro viaje ya había comenzado.

El free tour nos llevó hasta el Barrio Gótico, donde se originó la antigua Barcino romana y donde se encuentra el alma más antigua de Barcelona. Entre sus callejones se alzan la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia, construida entre los siglos XIII y XV; el Palacio Real Mayor y la Plaza del Rey, donde los Reyes Católicos recibieron a Colón tras su viaje a América. Las fachadas de piedra, los balcones de hierro y las gárgolas guardan el estilo gótico catalán: austero, sobrio y vertical. Descubrimos calles que aún llevan los nombres de los antiguos gremios, como Argenteria, de los plateros; Sombrerers, de los sombrereros; y Cotoners, de los algodoneros. También pasamos por lugares emblemáticos como la Plaza de Sant Jaume, donde vimos desde fuera la sede del Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat. Conocimos El Born, uno de los barrios más famosos de Barcelona, lleno de cafeterías, pequeñas boutiques y coctelerías. Allí se encuentra la mítica Catedral del Mar, un imponente templo religioso originario del siglo XIV. En este lugar aprendimos bastante sobre su historia y fue precisamente allí donde terminó nuestro recorrido, justo cuando el estómago nos recordó que era hora de almorzar.

Estábamos cansados después del largo viaje cruzando el Atlántico y de todo lo que habíamos caminado durante el free tour, así que comimos muy cerca de donde el guía nos había dejado. Taller de Tapas fue el nombre del lugar donde comimos delicioso y probamos por primera vez la crema catalana.

Luego de reponer energías, usamos el metro por primera vez. En la estación Jaume I compramos dos tarjetas de transporte T-Casual, que nos servirían para usar el transporte público durante nuestra estancia en Barcelona. Cada tarjeta incluía 10 viajes y era válida tanto para el metro como para los buses. Tomamos la línea L4 y nos bajamos cerca del hotel, en Passeig de Gràcia, porque necesitábamos descansar.

Con las baterías un poco más cargadas, volvimos a la Plaza Cataluña, que es el punto de encuentro entre la ciudad antigua y el ensanche moderno, y donde confluyen Las Ramblas, el Passeig de Gràcia y las principales avenidas comerciales. Disfrutamos de la luz maravillosa de esas horas de la tarde y de las emblemáticas palomas de la plaza.

Luego nos adentramos en Las Ramblas, una de las arterias más famosas de Barcelona. Las Ramblas no son una sola calle, pues cambian de ambiente a medida que se camina desde la Plaza Cataluña hasta el mar, aunque nosotros no llegamos hasta el final. Siendo honestos, no nos gustó mucho el ambiente, además de que estaban en obras. Así que, en lugar de continuar caminando por ellas, entramos al Mercado de La Boquería y dimos un breve paseo por su interior, lleno de vida, colores, aromas y sabores, con productos locales e internacionales.

Terminamos nuestro primer día en Ciudad Condal probando tapas deliciosas. Nos encantó este lugar ubicado en la Rambla de Cataluña, a muy pocas cuadras de nuestro hotel.

DÍA 2

Tal como dijimos en nuestro video, Barcelona no se entiende sin el modernismo. Por eso dedicamos nuestro segundo día a conocer la obra de algunos de esos genios que convirtieron la piedra, el hierro y el color en poesía.

Después de desayunar muy bien en el hotel, tomamos un taxi y nos dirigimos al símbolo más emblemático del modernismo catalán: la Sagrada Familia. Nuestra visita a la Sagrada Familia nos dejó totalmente impresionados. Esta obra de Antoni Gaudí fue mucho más de lo que habíamos imaginado, y solo allí entendimos por qué el famoso arquitecto asumió este proyecto dedicándole el resto de su vida. Su intención de crear un templo que uniera ciencia, naturaleza y fe se hacía evidente ante nuestros ojos en cada lugar hacia donde mirábamos. Las columnas como árboles, las bóvedas como hojas, las formas inspiradas en conchas marinas y, sobre todo, el uso de la luz, nos dejaron sin palabras.

Reservamos la entrada en la página oficial con un mes de antelación y usamos la audioguía para seguir el recorrido. Subimos a una de las torres, la del Nacimiento, y de verdad creemos que valió la pena cada minuto allí.Justo llegamos unas semanas después de que la Torre de Jesús, el punto más alto del templo con 172,5 metros, fuese coronada con la colocación de su cruz final, marcando un hito histórico de cara al centenario de la muerte de Gaudí y convirtiendo a la basílica en la más alta del mundo.

Al terminar nuestra visita a la Sagrada Familia, nos fuimos caminando hasta nuestro segundo punto del día: el Recinto Modernista de Sant Pau, que está a unos 10 o 15 minutos a pie desde la Sagrada Familia. La visita tiene una duración aproximada de una hora y también puede realizarse con audioguía.Construido entre 1902 y 1930 por Lluís Domènech i Montaner, este lugar fue concebido como un “hospital-jardín”, un espacio donde la belleza también pudiera curar. Sus pabellones de ladrillo rojo y cúpulas coloridas se conectan por túneles subterráneos y están decorados con cerámicas, mosaicos y esculturas. Funcionó como hospital hasta 2009 y fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997. Desde lo alto de sus jardines se tiene una de las vistas más armoniosas hacia la Sagrada Familia.

Al salir de allí nos fuimos a comer a un lugarcito que nos encantó: Sagradas Tapas. Después nos transportamos en metro desde Dos de Maig y nos bajamos en Passeig de Gràcia. Como aún nos quedaba más de una hora antes de la entrada que ya habíamos comprado para conocer otro de los sitios modernistas, nos fuimos a caminar por el Paseo de Gracia en busca de café y helado. Encontramos una heladería fantástica llamada Badiani, donde por fin mi esposo disfrutó de su primer helado del viaje.

Luego llegó la hora de entrar a la Casa Batlló, una casa remodelada por Gaudí entre 1904 y 1906. Su fachada ondulante, recubierta de mosaicos azules y verdes, evoca la superficie del mar, y su tejado representa la espalda del dragón vencido por San Jorge, patrón de Cataluña. Aprendimos que no existen líneas rectas en todo el interior, porque cada pared, puerta y ventana es curva. Los balcones parecen máscaras y los pilares del primer piso, huesos. Estos y muchísimos detalles más hicieron que pasáramos una tarde agradable y muy entretenida.

La verdad es que también pensábamos entrar a la Casa Amatller y, si nos daba tiempo, a La Pedrera, pero después de haber dedicado la mañana a dos grandes obras modernistas y la tarde a una tercera, sentimos que nuestros oídos ya no disfrutarían al cien por ciento una audioguía más. De todas formas, la Casa Batlló fue una gran elección entre las opciones que teníamos en la Manzana de la Discordia. 

Seguimos caminando y conociendo Barcelona, y terminamos el día comiendo en El Nacional, también ubicado en el Paseo de Gracia. Es un lugar precioso y agradable, lleno de restaurantes con variadas ofertas gastronómicas.

DÍA 3

Nuestro tercer día fue muy variado y lo comenzamos en el Park Güell. Conseguimos las entradas varios meses antes en su sitio oficial, para sumar otra obra de Gaudí a las que ya habíamos conocido.

Siendo honestos, aunque es un lugar bonito, la multitud de personas hizo que nuestra experiencia fuera un poco menos especial, e incluso nos pareció algo sobrevalorado. Pero de todas formas nos llevamos en la memoria las imágenes de los caminos serpenteantes, los bancos ondulados y el famoso dragón de cerámica que da la bienvenida en la escalinata principal.

De allí tomamos un taxi y nos fuimos a la Plaza de España, una de las grandes puertas de entrada a Montjuïc. Desde aquí, la ciudad se abre hacia el arte, la cultura y las vistas de la montaña. El conjunto de plazas, fuentes y el Palacio Nacional, sede del Museo Nacional de Arte de Cataluña, nos pareció muy bonito. No entramos al MNAC, pero sí disfrutamos de sus alrededores. Desde allí nos fuimos al Castillo de Montjuïc. Nos hubiera gustado conocer también la Fundación Joan Miró, pero seamos realistas: el tiempo no da para tanto.

Bajamos en funicular desde el Castillo de Montjuïc y caminamos hasta La Tasqueta de Blai, que está en Poble Sec, donde comimos unos pinchos exquisitos que nos recordaron al País Vasco. Luego caminamos unas pocas cuadras y tomamos un bus hasta La Barceloneta, donde pasamos un par de horas. Antes de llegar pasamos por la heladería italiana Home Made Barceloneta donde probamos helados artesanales y café orgánico, ambos cien por ciento recomendados. Después de disfrutar el aire fresco de La Barceloneta y las vistas hacia el mar, nos fuimos a buscar el metro para pasar un rato en otros dos lugares de Barcelona que aún no conocíamos: el Arco del Triunfo y el Parque de la Ciudadela.

Al regreso comimos en uno de las terrazas de restaurantes montadas a lo largo de la Rambla de Cataluña a unos pasos de nuestro hotel, al parecer de los mismos dueños del Restaurante en el que comimos el primer dia, porque llevaba el mismo nombre, Taller de Tapas. Muy rico todo pero ojo con los precios si deciden comer en lugares tan turísticos.  

A estas alturas de nuestra visita a Barcelona ya estábamos comenzando a lamentar que solo nos quedaba allí un dia mas.

DÍA 4

Este día nos levantamos muy temprano, desayunamos en el hotel y pedimos un taxi que nos dejó en la Plaza de España para tomar desde allí el FGC R5 hacia Montserrat. Antes de viajar compramos via online los tickets TOP Montserrat, que incluyen el tren R5, el tren cremallera, los funiculares, la entrada a museos y el almuerzo. Como los compramos online, el primer día que llegamos a Barcelona validamos nuestra compra mostrando la hoja impresa en uno de los quioscos de la Oficina de Turismo en la Plaza Cataluña, donde nos entregaron nuestros pases.

El trayecto desde la Plaza de España hasta Monistrol de Montserrat fue de aproximadamente una hora. Desde allí tomamos el tren cremallera que nos subió hasta Montserrat. Ese trayecto es una maravilla; las vistas se vuelven inolvidables. Una vez en Montserrat, decidimos ir primero a la Cruz de San Miguel para tomarnos algunas fotos antes de que el sol se pusiera demasiado fuerte. La verdad es que vale la pena llegar bien temprano. Nosotros llegamos sobre las 10 de la mañana y, entre una cosa y otra, cuando caminamos hasta la cruz ya había bastantes personas haciendo cola para la famosa foto. No obstante, disfrutamos muchísimo caminar deleitados con el paisaje y también con las impresionantes esculturas distribuidas a lo largo del camino.

La segunda actividad fue subir al funicular de San Joan. Es maravilloso ver las vistas de lo que vamos dejando atrás a medida que el funicular se aleja. Arriba hay varios senderos, así que se puede pasar un buen tiempo caminando y disfrutando no solo de las vistas, sino también del silencio. No por gusto Montserrat se conoce no solo como un lugar, sino también como una experiencia espiritual. Al bajar nuevamente en el funicular, decidimos ir a almorzar al Buffet Montserrat, que ya teníamos incluido en nuestro pase. Tenemos que decir que fue una buena opción; nos gustó mucho la comida. Pero si lo prefieres, también puedes llevar tu propia comida y disfrutarla en la zona de picnic que tiene Montserrat, o comer algo en alguna de las cafeterías.

Al terminar nuestro almuerzo nos fuimos a probar el mel i mató, un postre tradicional de la gastronomía catalana. El mató es un queso fresco y cremoso, sin sal, similar al requesón, que se sirve bañado con miel. De allí nos fuimos a ver un audiovisual buenísimo y una exposición, también incluida en nuestro pase, que narraba la historia del Monasterio de Montserrat. Luego caminamos frente a la basílica, por la plaza y sus miradores, que parecen suspendidos en el aire. No entramos a la Basílica ni vimos la famosa Moreneta, Virgen de Montserrat, pues debíamos regresar a Barcelona, donde nos esperaban una amiga a la que no veía desde hacía mucho tiempo y su esposo, para pasar con ellos nuestra última tarde-noche en la ciudad. Tampoco pudimos ver el coro de niños de Montserrat, L’Escolania, porque estaban de vacaciones.

Regresamos a Barcelona y nos despedimos de ella junto a nuestros amigos en el restaurante La Flauta, ubicado en la misma Rambla de Cataluña, muy cerca de nuestro hospedaje. La comida y la compañía fueron absolutamente especiales. Luego nos fuimos a descansar, pues nuestro quinto día de viaje era de traslado hacia una nueva ciudad.

Haz clic aqui si quieres ver nuestro VLOG en BARCELONA y MONTSERRAT

DIA 5

Nos levantamos temprano, desayunamos e hicimos el check-out en el hotel. Luego tomamos un taxi que nos llevó hasta Barcelona Sants, donde recogimos el auto que habíamos rentado meses atrás a través del portal de viajes de Chase. Felices de haber conocido por fin la gran ciudad de Barcelona, nos fuimos contentos rumbo a Girona, quizás más pequeña, pero igual de interesante para nosotros. Y es que Girona es una de las ciudades más cautivadoras de Cataluña. Situada a orillas del río Onyar, sus murallas, callejones empedrados y puentes coloridos evocan siglos de historia, mientras su atmósfera tranquila invita a recorrerla sin prisas, disfrutando cada rincón como si el tiempo se hubiera detenido. 

Dejamos nuestros equipajes en el hotel Ultonia, muy bien ubicado por su cercanía al casco histórico. Como ya era hora de almuerzo y además era sábado, sabíamos que podía haber colas en los restaurantes, así que nos fuimos directo a uno de ellos. Nos gustó mucho el ambiente y la comida de Casa Marieta, el restaurante que elegimos, donde probamos platos típicos catalanes que puedes ver en nuestro video. Como estaba ubicado en la Plaza Independencia, desde allí comenzamos nuestro propio recorrido por Girona. 

Nos dirigimos al río Onyar y enseguida nos topamos con esa imagen icónica que tantas veces habíamos visto en fotos y videos: las casas de colores y los diversos puentes que cruzan el río. Uno de ellos es el Puente de las Pescaderías Viejas, también conocido como Puente Eiffel, construido por la empresa de Gustave Eiffel en 1877, antes incluso de la célebre torre parisina. Su estructura roja de hierro, en contraste con las fachadas amarillas y ocres, es uno de los símbolos más fotografiados de Girona.

Continuamos caminando y llegamos hasta la antigua Judería de Girona. El Call Jueu es un laberinto de callejones empedrados y patios ocultos. Entre los siglos XII y XV, allí floreció una de las comunidades judías más importantes de Europa, con su propia sinagoga, escuela rabínica y baños rituales. Hoy en día es uno de los barrios judíos mejor conservados. En nuestra caminata nos topamos de pronto con la Catedral de Santa María, que seguro les resultará familiar a los seguidores de la serie Juego de Tronos. Con su nave gótica de 22 metros, la más ancha del mundo, domina la ciudad. Su escalinata monumental de 90 escalones fue escenario de la ya mencionada y famosa serie.

Caminamos muchísimo y nos enamoramos de la paz que se respiraba en Girona. Además, el clima estaba maravilloso y contribuyó a que nos sintiéramos tan bien en esta ciudad. Nos encantó su arquitectura, pero también sus calles, bares, tiendas y locales hermosamente decorados. En una de las calles encontré el nombre de mi segundo apellido, y en una de sus terrazas nos tomamos un café sencillamente delicioso. También conocimos la historia de la importancia de las moscas para esta ciudad. La contamos en nuestro video, te dejamos el link más abajo.

Terminamos el día recorriendo casi por completo las famosas murallas de Girona, conocida también como la ciudad de los mil asedios por su historia medieval, y allí nos sorprendió el atardecer. Las Murallas Carolingias, construidas entre los siglos IX y XV, rodean gran parte del casco antiguo. El Passeig de la Muralla permite recorrer sus torres y disfrutar de vistas espectaculares que abarcan desde los tejados de Girona hasta los Pirineos. Al atardecer, la luz dorada sobre las murallas convierte el paseo en uno de los momentos más mágicos del viaje. Esa tarde entendimos por qué tanta gente se enamora de Girona.

Terminamos el día subiendo al rooftop de nuestro hotel, donde despedimos la preciosa jornada con una copa, unas tapas y una vista maravillosa.

DÍA 6

Para nuestro sexto día nos esperaba un recorrido muy interesante, porque decidimos hacer un viaje hacia el corazón rural de Cataluña, a la comarca del Baix Empordà. Desayunamos antes de salir, pero esta vez no lo hicimos en el hotel, sino en una cafetería ubicada también en la Plaza Independencia, ya que estaba abierta desde muy temprano. El ventanal de la cafetería PdePÀ tenía vistas hacia el río Onyar y desde allí comenzó nuestro día.

Nos fuimos en nuestro auto rentado hacia Pals, un pueblito ubicado sobre una colina. Tuvimos la suerte de llegar temprano y apenas había personas. Casi estábamos solos en el pueblo, que les adelanto: nos encantó. Allí vimos la Torre de les Hores, su punto más alto, sus murallas y miradores, su casco antiguo y su Calle Major. Caminamos encantados entre sus pasadizos, arcos y escaleras de piedra. De más está decir que nos hicimos muchas fotos.

Después de conocer este pueblito, emprendimos el camino hacia Peratallada, una joya medieval donde el tiempo parece detenido. Es un pueblo literalmente excavado en roca, con calles irregulares y muros cubiertos de buganvilias. Su castillo, sus plazas sombreadas y sus casas de piedra forman uno de los conjuntos medievales más armoniosos de Cataluña. Cada rincón parece hecho para ser fotografiado; su belleza es serena, real y sin artificios.Vimos el foso y las murallas, el Carrer Major y las calles empedradas. Caminamos encantados por los callejones estrechos, la Plaza del Castell y la Plaza de les Voltes. Nos encantaron las tiendas pequeñitas y los restaurantes. Comimos ligero en uno de ellos, La Vermutería. Nos gustó su vermut, pero nos arrepentimos de no haber comido en otro restaurante para probar el famoso arroz de Pals.

Después de comer nos fuimos a Monells, un pueblo ligado al pequeño río Rissec que conserva intacta su estructura medieval. La Plaza Mayor, porticada y rodeada de arcos de piedra, es uno de los rincones más pintorescos del Empordà. Durante siglos fue centro de comercio agrícola y hoy es símbolo de paz y autenticidad. El pueblo se hizo famoso por la película Ocho apellidos catalanes, pero su verdadero encanto está en el silencio y en el sonido del viento entre las buganvilias. Al inicio pensamos que no habría más personas que nosotros en el pueblo, hasta que entramos a la Plaza Jaume I y vimos a unas pocas personas comiendo tranquilamente. Para nosotros era casi un milagro que, en un tiempo en el que el turismo está alcanzando niveles nunca imaginados, pudiéramos pasar un domingo tan tranquilo en estos tres pueblitos encantadores del Empordà. 

Agradecidos por la experiencia, regresamos a Girona en busca de nuestro café. La Fábrica de Girona fue el lugar elegido y nos encantó. Luego amenazaba con llover, así que nos fuimos a descansar un rato a nuestro bonito hotel. Más tarde regresamos al casco histórico para nuestra cena de despedida en Brots de Vi. Sencillamente fue una cena de lujo, súper especial. Y así despedimos nuestros dos días preciosos en Girona y el Empordà. 

Fueron dos días increíbles, recorriendo entre risas siglos de historia viva. Girona nos dejó la imagen de una ciudad que tiene la grandeza de las ciudades históricas y la calidez de los pueblos pequeños. El Empordà, por su parte, nos dejó la imagen de esos lugares donde lo bello vive en las cosas más sencillas.

Haz click aqui para ver nuestro Vlog en Girona y en los Pueblitos del Empordà.

DÍA 7

Luego de desayunar en el hotel Ultonia, en Girona, emprendimos camino hacia uno de los lugares que más anhelábamos conocer en este viaje: la Costa Brava. 

Claro está, seleccionar solo unos pocos destinos entre los muchos que se extienden a lo largo de toda esta costa catalana es una tarea difícil. Podíamos haber elegido más lugares, pero decidimos no hacerlo porque el mood de nuestro viaje era conocer menos, pero disfrutar más. A continuación conocerás los sitios de la Costa Brava que nosotros seleccionamos.

La Costa Brava se extiende entre Blanes y Portbou, a lo largo de 214 kilómetros. Su nombre significa “costa salvaje” y describe con precisión su esencia: acantilados abruptos, calas escondidas y pueblos blancos suspendidos sobre el mar. Fue refugio de artistas y poetas, escenario de películas, pero también guardiana de tradiciones marineras, viñedos y monasterios que narran más de mil años de historia. Y si de salvaje se trata, no pudimos haber comenzado esta aventura en otro lugar mejor que Cadaqués, un pueblo que hoy recordamos con muchísimo cariño porque nos enseñó a viajar con calma.  Allí nos tocó vivir la experiencia de los fuertes vientos de tramontana, que nos obligaron a permanecer en Cadaqués y a borrar de la lista todos los lugares que pensábamos visitar desde allí. 

Cadaqués es como el alma blanca del Mediterráneo. Es un antiguo pueblo de pescadores, un símbolo de belleza y autenticidad. Sus calles empedradas, balcones floridos y casitas encaladas reflejan la luz del Mediterráneo de una forma única, razón por la cual tantos artistas lo eligieron como refugio creativo. Aislado durante siglos por las montañas del Cap de Creus, su acceso por carretera no se construyó hasta mediados del siglo XX. Ese aislamiento le permitió conservar su espíritu marinero y su ritmo tranquilo. A principios del siglo pasado, Salvador Dalí, nacido en Figueres, convirtió Cadaqués en su paraíso personal. Pronto lo siguieron otros artistas como Picasso, Duchamp y Lorca, atraídos por la atmósfera libre y bohemia del lugar. 

Nosotros nos hospedamos en Rec de Palau y, en medio de nuestra llegada, un poco alarmados por las condiciones del tiempo que nos habían sorprendido, nos topamos con Ángeles, una mujer encantadora que nos recibió en ese hotel tan peculiar. Ella trató de infundirnos ánimo para que no viéramos arruinados nuestros dos días en Cadaqués, y nos aseguró con mucha fe que al día siguiente saldría el sol. Por su recomendación nos fuimos a comer un menú del día en el restaurante pizzería La Gritta, justo frente al mar y desde donde se apreciaba la estatua del personaje más famoso de esas tierras: Salvador Dalí. 

Afortunadamente teníamos reservas para la Casa-Museo de Dalí unas horas después, lo cual nos vino muy bien, ya que mientras el viento soplaba afuera, nosotros podíamos estar resguardados conociendo la obra surrealista de Dalí en su casa de Portlligat. Al llegar vimos las bonitas barcas y, por el frío y el viento, solo nos tomamos unas pocas fotos que guardamos con mucho cariño, teniendo de fondo el mismo mar que miraba Dalí mientras creaba su propio universo. La casa, construida poco a poco a partir de antiguas barracas de pescadores, es un reflejo de su mente: fragmentada, obsesiva y profundamente simbólica.

Regresamos a nuestro hotel esperando ver al día siguiente la luz del pueblo que para Dalí era el más hermoso del mundo, porque para él esa luz hacía vibrar los colores como en ningún otro lugar del planeta. Comimos en L’Estable, uno de los pocos bares que estaban abiertos en esa fría y ventosa noche de abril. A la mañana siguiente, aunque el viento y el frío aún se hacían sentir, pudimos ver desde el ventanal de la terraza del hotel un mar azul tan brillante como el sol que se reflejaba en las casas blancas del pueblo.

DÍA 8

Queríamos ir al Cap de Creus, al Monasterio de Sant Pere de Rodes, al Port de la Selva y a Roses, pero no era recomendable por la tramontana. Solo fuimos al Port de la Selva, para simplemente regresar a Cadaqués, ya que el viento no nos dejó ni bajarnos del coche. Entendimos que hay veces en que las cosas no se pueden forzar. Entonces decidimos aprovechar lo que teníamos a nuestro favor: el sol. 

Nos abrigamos mejor y dedicamos todo el día a perdernos por cada calle empedrada y estrecha, por la costa y por el paseo marítimo de Cadaqués. Creo que por esa razón algunas de las fotos más hermosas de este viaje fueron las tomadas en este pueblo. Todo lo hicimos con calma, sin correr. Descubrimos un restaurante escondido que se llamaba El Gato Azul, inspirado en la canción de Roberto Carlos. Allí almorzamos comida libanesa y conversamos con las personas que estaban sentadas a nuestro lado y también con el mesero. Disfrutamos de un café en una callejuela de casas blancas que daba al Mediterráneo, y sentí que quizás el día que visite una isla griega recordaré esa vista del mar al final de aquella calle.

Terminamos captando un timelapse de uno de los atardeceres más hermosos de nuestras vidas, sentados en la arena, mientras conversábamos sobre cuánto nos había gustado Cadaqués y comíamos quesos y jamones que compramos en una pequeña tiendecita del pueblo. 

Cerramos el día con un brindis y nos despedimos de Cadaqués, un lugar que marcará un antes y un después en nuestra manera de viajar, porque allí descubrimos que viajar de prisa hace que uno se pierda muchos encantos.

DÍA 9

Nos despedimos de Ángeles luego de desayunar en Rec de Palau, un hotel que recomendamos sin dudarlo. Después seguimos nuestro recorrido por la Costa Brava, explorando ahora su parte más al sur. Dejamos atrás los vientos de tramontana para llegar a Calella de Palafrugell, otro lugar que parecía sacado de una postal y donde el sol también nos recibió, esta vez sin vientos. 

Nos hospedamos en el hotel que lleva el mismo nombre del pueblo: Hotel Calella de Palafrugell y luego de instalarnos, bajamos a la costa y quedamos maravillados.

Con sus casas blancas, un mar verde azul hermoso y barcas de colores sobre la arena, Calella de Palafrugell conserva intacto su encanto marinero. El Camino de Ronda, que la une con Llafranc, serpentea sobre los acantilados y ofrece vistas de película que nos encantaron desde el minuto cero.

Comenzamos en la playa Port Bo y almorzamos allí mismo, en La Blava, un restaurante muy de moda donde comimos un pescado de primera. Aprendimos que en verano, en la playa de Port Bo, se celebra la tradicional Cantada d’Havaneres, donde se cantan melodías de origen cubano traídas por los marineros “indianos”. Hubiera sido hermoso disfrutar eso, pero era abril.

Llafranc es refinado, tranquilo y luminoso. Desde su paseo marítimo, bordeado de palmeras y terrazas, se llega al Faro de Sant Sebastià, al cual fuimos al atardecer. Nos encantó, porque desde allí se contempla una de las panorámicas más hermosas del litoral catalán.

En la tarde fuimos a Llafranc y disfrutamos mucho del Camino de Ronda que llega hasta allí. Mi esposo intentó bañarse, pero el agua estaba demasiado fría y no teníamos los zapatos de playa necesarios para entrar al mar, ya que, aunque no se ven, en el fondo hay piedras. Pero el ambiente era maravilloso, y qué decir de los colores del mar. Una maravilla para nuestros ojos.

Como habíamos almorzado tan bien, repetimos la experiencia de la noche anterior en Cadaqués y compramos algunas cositas de comer en la tienda ubicada en los bajos de nuestro hotel, además de un riquísimo Aperol Spritz que nos tomamos sentados tranquilamente en una terraza, observando el mar. La Costa Brava nos regaló atardeceres de lujo.

DÍA 10

Nos levantamos temprano y desayunamos en nuestro hotel, que también nos encantó por su limpieza, comodidades y decoración minimalista. Nos subimos al coche y pusimos rumbo a otro sitio, aunque en la tarde volveríamos a Calella.

Nuestro tercer destino elegido en la Costa Brava fue Tossa de Mar. Dejamos el coche en un parking público cerca del centro histórico de la Vila Vella. Era un parking de pago, pero cómodo, y nos ahorraba tener que estar buscando lugar.

Cuando tuvimos el castillo delante de nosotros, formando parte de la misma playa, nos impresionamos. Y eso que lo habíamos visto decenas de veces en videos de YouTube, pero una cosa muy distinta es verlo en persona. Tossa de Mar, a la que llaman “la perla amurallada del Mediterráneo”, es una joya medieval que parece salida de un cuento. Su recinto fortificado, la Vila Vella, del siglo XIII, desciende directamente hasta la playa, creando una imagen icónica de la Costa Brava. Desde el faro, las vistas del mar y las murallas son inolvidables.

Subimos hasta el faro del recinto amurallado y disfrutamos tanto de las vistas del mar como de las de la ciudad. Luego bajamos y caminamos por sus calles hasta encontrar un restaurante alejado de la zona más turística para probar un menú del día un poco más local. Así encontramos La Roca de Tossa, el lugar donde comimos.

Mojamos nuestros pies en el mar, nos sentamos en unas rocas, respiramos el aire puro e hicimos nuestra una frase que veíamos grabada en un bote: “Feel the Costa Brava”.

Regresamos a Calella y volvimos al mar, desde donde dijimos adiós no solo a la Costa Brava, sino también a Cataluña, una deuda que teníamos pendiente en nuestros viajes a España.

La Costa Brava nos regaló mucho más que paisajes hermosos. Entre acantilados, caminos junto al mar y pequeños pueblos frente al Mediterráneo, descubrimos un lugar lleno de contrastes: a veces salvaje, a veces sereno, pero siempre imposible de olvidar.

Haz clic aqui para que pueda ver nuestro video en la Costa Brava

DÍA 11

Dejamos atrás la Costa Brava, entregamos el coche en Barcelona Sants y desde allí tomamos el tren que nos llevaría a un nuevo destino: Valencia.

Nos hospedamos en el Hotel Dimar, ubicado en una zona tranquila y muy conveniente, que nos permitió recorrer buena parte de Valencia caminando. Lo primero que hicimos fue comer cerca del hotel, en uno de los restaurantes que no. habían cerrado casi a las 4 de la tarde llamado Gaspar, donde encontramos un menú del día baratísimo, pero bastante bueno. De allí nos fuimos hacia la Plaza de la Virgen, que fue el punto de encuentro de nuestro free tour reservado a través de Civitatis.

A medida que nos dirigíamos hacia el lugar, nos íbamos maravillando con Valencia. En nuestro video, cuyo enlace te dejamos más abajo, podrás ver bastantes momentos de nuestro ameno free tour, durante el cual, de la mano de nuestro guía, conocimos las historias detrás de los monumentos principales de Valencia. Nos detuvimos a los pies del Miguelete, el popular campanario de la Catedral de Valencia, conocimos anécdotas y curiosidades, caminamos hasta la Lonja de la Seda y fuimos al Mercado Central de Valencia, un edificio que nos introdujo en el modernismo valenciano. También visitamos las Torres de Serranos y varios lugares más que nos permitieron adentrarnos en la cultura e historia de la ciudad. 

Después del tour, simplemente regresamos a nuestro hotel y, antes de subir a la habitación, pasamos por el bar para disfrutar tranquilamente, y por primera vez, de la famosa agua de Valencia, acompañada de unas tapas espectaculares.

DÍA 12

Empezamos nuestro segundo día en Valencia desayunando en el bar-cafetería La Tenda, ubicado al lado del hotel. Luego nos fuimos caminando hasta el Mercado Central, que más que una atracción turística, es uno de esos lugares donde se puede sentir el pulso cotidiano de una ciudad. Entre los colores, aromas y productos locales, entendimos por qué es uno de los rincones más queridos por los valencianos y una visita obligada para quienes quieren conocer Valencia más allá de sus monumentos.

Otro de los sitios que queríamos conocer en Valencia era la Lonja de la Seda. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, este edificio es considerado una de las obras maestras del gótico civil europeo.La entrada cuesta 2 euros, pero ese día fue gratuita para la gran mayoría de los museos y monumentos municipales de Valencia debido a la celebración del Día Internacional de los Monumentos y Sitios. La audioguía, que como siempre resulta muy útil, tenía un costo de 2,25 euros.Nos agradó mucho el recorrido exterior e interior por la Lonja de la Seda, y se nos hizo fácil imaginar todas las historias que habrán ocurrido entre esos muros. Hace más de quinientos años, este era el corazón comercial de Valencia, un lugar donde se encontraban mercaderes y viajeros llegados de distintos puntos del Mediterráneo.La sala principal nos impresionó por sus enormes columnas helicoidales, elevadas hasta el techo como si fueran árboles de piedra. Más que un edificio histórico, la Lonja es un recordatorio de la importancia que tuvo Valencia durante siglos y de cómo llegó a convertirse en una de las ciudades más influyentes de su tiempo. 

Después de esto nos fuimos a probar la famosa horchata valenciana en la Horchatería Santa Catalina. La horchata es una bebida vegetal, fría y dulce, hecha principalmente de chufa, un tubérculo pequeño que se cultiva casi exclusivamente en Alboraya, una zona de Valencia.

Seguimos paseando por la plaza donde se encuentra la Catedral y entramos a varias tiendas de artesanía. Queríamos subir al Miguelete, pero la fila era larga y decidimos dejarlo para más tarde. 

Nos agarró la hora del almuerzo, así que nos fuimos al restaurante Socarrat a probar la auténtica paella valenciana. Nos encantó. Puedes ver nuestra reacción en el video.

Luego nos fuimos a El Café de las Horas, un lugar muy famoso donde dicen que se puede encontrar una de las mejores aguas de Valencia de la ciudad. En nuestro caso, solo fuimos a tomar café, pero nos gustó muchísimo el ambiente y la decoración. Además, allí nos ocurrió algo muy especial: nos encontramos con alguien que nos identificó por nuestros videos de YouTube, algo que jamás nos había sucedido.

Más tarde, en la Plaza Lope de Vega, nos encontramos con una de las curiosidades más famosas de Valencia: la Casa Estrecha, que con apenas poco más de un metro de fachada, está considerada una de las casas más estrechas de Europa y se ha convertido en una de las imágenes más curiosas del casco histórico valenciano.

Para disfrutar de una de las mejores vistas de Valencia, finalmente subimos al Miguelete, el campanario de la Catedral. Construido entre los siglos XIV y XV, es uno de los grandes símbolos de la ciudad. Tras subir sus más de doscientos escalones, la recompensa es una espectacular panorámica de los tejados, plazas y monumentos del centro histórico, con una perspectiva que permite apreciar Valencia desde las alturas.

Dedicamos el resto del día a recorrer toda la parte antigua de Valencia, porque al día siguiente nos tocaría conocer otras zonas muy diferentes.

DÍA 13

Hay ciudades que impresionan desde el primer momento y otras que se van ganando tu atención poco a poco. Para nosotros, Valencia fue una de esas ciudades: luminosa, agradable de recorrer y con una mezcla muy interesante de historia, vida cotidiana y modernidad. Aquí conviven huellas de distintas épocas y una forma de vivir que invita a caminar sin prisas y a disfrutar cada rincón. Esa fue precisamente nuestra experiencia el día anterior y lo siguió siendo en este.

Después de desayunar en el hotel, nos fuimos caminando por el Jardín del Turia, el pulmón verde de la ciudad, hasta la famosa Ciudad de las Artes y las Ciencias. En el camino vimos personas corriendo y haciendo ejercicio al aire libre, bandas de música, grupos de personas conversando y un ambiente dinámico, alegre y a la vez inspirador. 

Mientras caminábamos, apareció ante nosotros la emblemática Ciudad de las Artes y las Ciencias. Diseñada por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava, este impresionante complejo se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad y en una muestra de cómo Valencia ha sabido combinar su rica historia con una mirada hacia el futuro. Sus formas futuristas, los reflejos sobre el agua y sus enormes dimensiones hacen que sea uno de esos lugares que impresionan incluso desde lejos. Pasamos allí toda la mañana, caminando, admirando las diferentes construcciones, haciéndonos fotos y uniéndonos a la alegría del Ironman, competencia que se estaba efectuando ese día allí mismo. 

De allí tomamos un taxi hasta la playa de la Malvarrosa, donde caminamos por todo su paseo marítimo bajo un buen sol, esperando nuestro turno en el restaurante La Pepica, un famoso lugar especializado en paella.cAsí que fue nuestra segunda paella valenciana, exquisita igual que la primera, pero esta vez con la diferencia de comerla frente al mar Mediterráneo y en un lugar que, en su tiempo, fue visitado por figuras como Joaquín Sorolla y Ernest Hemingway. La verdad es que el ambiente allí es buenísimo y la comida también.

Regresamos caminando a nuestro hotel, disfrutando de nuestras últimas horas en Valencia, una ciudad que nos regaló historia, buena gastronomía, paseos sin prisas, rincones llenos de vida y momentos que recordaremos durante muchos años.cPorque tal como dije al final de nuestro video de YouTube: Valencia es una ciudad que no necesita llamar la atención constantemente. Es una ciudad que se descubre poco a poco y que, casi sin darte cuenta, termina encontrando un lugar en tu memoria.

Haz clic aquí para ver nuestro video en Valencia.


DÍA 14

Nos levantamos, desayunamos súper bien en el hotel, que por cierto tenía una vista muy bonita a la ciudad, pedimos un taxi y nos fuimos a la estación Valencia Nord para tomar nuestro tren hacia el último destino de esta ruta: Alicante. 

Nos hospedamos en el hotel Eurostars Pórtico Alicante, ubicado en pleno casco histórico, en la Plaza del Ayuntamiento. Magnífico, tengo que decirlo. Luego nos fuimos a conocer la famosa Explanada de España y el puerto. Nos gustó muchísimo todo lo que vimos: el ambiente, la iluminación de la ciudad y el hecho de que, desde casi cualquier ángulo, podíamos ver el Castillo de Santa Bárbara.

Después de caminar un rato por la Explanada de España, nos fuimos a comer. Buscábamos un restaurante alejado de la parte más turística y lo encontramos. La Cocina del Buen Comer está en un local pequeñito, pero la atención y su menú del día fueron maravillosos. En cuanto a precio, es probable que haya sido el menú del día más barato que hemos comido en nuestros cuatro viajes a España.

Después fuimos al punto de encuentro de nuestro free tour, en el que aprendimos muchísimas cosas de Alicante durante más de dos horas y media. Realmente fue muy entretenido y, para nosotros, muy necesario, ya que estaríamos muy poco tiempo en la ciudad. Empezamos conociendo algo de su historia y después cruzamos desde la escultura “El regreso de Ícaro con su ala de surf” hasta la Casa Carbonell, uno de los edificios más elegantes de Alicante. Nuestra guía nos contó que fue construida a principios del siglo XX por un empresario textil que decidió levantar allí su residencia frente al mar, convirtiéndose con el tiempo en uno de los símbolos de la ciudad. 

Desde allí nos dirigimos hacia la Basílica de Santa María, considerada la iglesia más antigua de Alicante. Construida sobre una antigua mezquita, sus muros conservan siglos de historia y nos recuerdan el pasado medieval de la ciudad. 

Muy cerca pudimos ver algunos vestigios de aquella época, como antiguos pozos y pequeños espacios de devoción popular que aún forman parte de la vida cotidiana del casco antiguo. Mientras caminábamos por sus estrechas calles, la mirada se dirigía constantemente hacia lo alto, donde el Castillo de Santa Bárbara domina la ciudad desde la cima del monte Benacantil. Aunque esa visita la dejamos para el día siguiente, era imposible ignorar su presencia durante todo el recorrido.

El paseo continuó por los barrios de San Roque y Santa Cruz, dos de las zonas con más encanto de Alicante. Sus casas blancas, macetas coloridas y calles empinadas conservan el ambiente de un antiguo pueblo mediterráneo en pleno corazón de la ciudad.

Finalmente llegamos a la Plaza Gabriel Miró, donde terminó el recorrido.Luego me fui a recorrer algunas tiendas y terminamos comiendo tardísimo en una calle llena de vida, disfrutando del maravilloso ambiente nocturno de esta ciudad y degustando tapas riquísimas en La Pinoteca, mientras discutíamos a dónde iríamos al día siguiente. Nuestra idea inicial era visitar Elche, pero otro lugar nos estaba tentando.

DÍA 15

Comenzamos el día desayunando muy rico en uno de los bares de la Plaza del Ayuntamiento, justo frente a nuestro hotel, mientras repasábamos lo que haríamos durante el día.Para eso debíamos dirigirnos a la estación de Luceros para tomar el TRAM. Nos encantó el trayecto desde allí hasta el lugar que habíamos elegido para pasar medio día antes de volver a Alicante y continuar conociéndola: Villajoyosa.

Villajoyosa es uno de los pueblos más pintorescos de la Costa Blanca. Sus famosas casas de colores, que hoy se han convertido en su sello distintivo, servían antiguamente como referencia para que los pescadores pudieran reconocer su hogar al regresar del mar. Este pueblo marinero se encuentra entre Alicante y Benidorm. Con más de dos mil años de historia, este rincón mediterráneo combina tradición marinera, playas tranquilas y un encanto que conquista desde el primer vistazo.

Mientras recorríamos las callejuelas preciosas de Villajoyosa, conocimos a Beto Perfumo, un artista argentino afincado allí que crea souvenirs y artesanías inspiradas en el pueblo. Él nos orientó bastante para recorrer el lugar. Nos encantó conversar con él, y es que en todos nuestros viajes disfrutamos muchísimo encontrarnos con personas. Quizás ellas no sepan que todavía las recordamos.

Nos gustó tanto la playa de Villajoyosa que por fin mi esposo cumplió su sueño de bañarse en alguna playa del Mediterráneo. Sí, estaba fría porque era abril, pero la calidad de la arena, sin piedras, y el sol que hacía contribuyeron a que Jorge pudiera darse un buen chapuzón. Comimos pescado en la terraza del Bar Freiduría JJ, justo mirando hacia la playa, escuchando el sonido de la guitarra de un músico que estaba cerca. Así nos despedimos de Villajoyosa.

Volvimos a Alicante en el TRAM y nos fuimos a visitar el Castillo de Santa Bárbara, que de más está decirles que, si visitan Alicante, es un lugar que no deberían perderse. Si quieres ver la ciudad en su totalidad desde lo alto, ese es el lugar. Además, la subida es muy fácil usando el ascensor, una obra ingeniosísima que en pocos minutos te lleva hasta lo alto del castillo. Durante nuestra visita al Castillo de Santa Bárbara, además de deleitarnos con las vistas, también recorrimos la exposición El arte en las pequeñas cosas, una colección que reúne objetos cotidianos de distintas épocas, desde el Neolítico hasta nuestros días. A través de piezas pequeñas, pero llenas de historia, la muestra nos permite descubrir cómo vivían, trabajaban y se expresaban las personas a lo largo de los siglos.

Bajamos del castillo caminando, es decir, no usamos el ascensor. Queríamos volver a visitar el Barrio de Santa Cruz para tomarnos las fotos que el día anterior no pudimos hacernos, y así lo hicimos. También visitamos la Calle de las Setas y comimos en la misma calle de la noche anterior, esta vez en la Taberna Sala Almonte.

Terminamos en el rooftop Mira Miralta, en nuestro hotel. Las luces de Alicante nos acompañaron en nuestra última noche junto al Mediterráneo y desde allí nos despedimos no solo de Alicante, sino de todo un recorrido maravilloso por Cataluña y la Comunidad Valenciana.

En este enlace puedes ver el vlog de nuestra visita a Alicante y Villajoyosa.

Al día siguiente pondríamos rumbo a Madrid para cerrar esta aventura. Sería nuestra cuarta vez en la capital de España, porque siempre regresamos a casa desde esta ciudad. También te dejo el enlace a nuestro vlog un poco más personal desde Madrid, esa ciudad que poco a poco ha ido ocupando un lugar en nuestra historia.

Haz click aqui para ver nuestro Vlog en Madrid

Así terminó nuestro recorrido de 15 días por Cataluña, Valencia y Alicante, un viaje que nos regaló ciudades vibrantes, pueblos medievales, caminos junto al mar, sabores nuevos, encuentros inesperados y paisajes que se quedaron guardados en la memoria. 

Fue una ruta muy diferente a nuestros viajes anteriores por España. No tuvo el dramatismo verde del norte ni la fuerza monumental de Andalucía, pero nos mostró otra cara preciosa del país: la del Mediterráneo, la luz, las calas, las plazas llenas de vida, los mercados, el modernismo, los pueblos blancos, las sobremesas tranquilas y esos atardeceres que parecen despedirse despacio.

Si algo nos enseñó este viaje fue a bajar un poco el ritmo. A entender que no siempre hay que verlo todo, que a veces el viento cambia los planes, que un pueblo pequeño puede quedarse en el corazón y que los mejores recuerdos muchas veces aparecen cuando uno deja de correr.

Espero que este itinerario te ayude si estás pensando organizar una ruta parecida por Barcelona, Girona, la Costa Brava, Valencia y Alicante. Como siempre digo, cada viaje es distinto, pero compartir el nuestro me alegra mucho si puede servirte de inspiración para crear el tuyo.Gracias por acompañarnos una vez más en esta aventura por España. Y como siempre… nos vemos en el próximo viaje.

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